Diary Entry forThe Spirit of the Beehive
El espíritu de la colmena es de esas obras que uno quiere amar desde el primer plano, pero a veces la chispa no logra encender la llama. Y tristemente, quedé con esa sensación a pesar de que se siente como una reminiscencia delicada de la infancia, de la inocencia y de la pureza en un mundo más allá de lo real, donde la imaginación y la fantasía nos hacen más felices. Me encanta la premisa de la niña que ve Frankenstein por primera vez y, con esa mezcla de inocencia y temor que sólo un niño puede sentir, empieza a creer que el monstruo está vivo como un espíritu que en ocasiones se hace tangible, después de cuestionarse por qué la criatura mató a la niña en la historia. Esa introducción donde presentan la película en ese pequeño pueblo español en 1940, a adultos y niños, con la advertencia de que verán algo “polémico” fuera de lo convencional, me intrigó. Esa idea de cómo una película puede trastocar la mente de un niño —especialmente una obra tan cargada de preguntas sobre la vida, la muerte y la creación— es poderosa. Y desde mi punto de vista, es una forma hermosa de plantear cómo el cine puede moldear la percepción del mundo en las mentes más pequeñas. La película tiene momentos muy tiernos, casi mágicos, que capturan lo que simboliza la infancia, la imaginación y esa sensibilidad frágil donde conceptos abstractos como la muerte empiezan a infiltrarse. Incluso toca el trauma y la manera en que los niños arman su mundo con fragmentos de fantasía llenos de miedo ante la curiosidad de lo desconocido. Y es hermoso ver cómo todo eso se expresa no con grandes gestos, sino con pequeños silencios, miradas perdidas, distancias que dicen más que las palabras. Sin embargo, esos fragmentos delicados, por más bellos que fueran, se sentían como un rompecabezas de cristales preciosos cuyas piezas nunca logran formar una imagen completa. Y entiendo que ese es parte del misterio, parte de su propuesta, pero sentía que habían ideas buenísimas que no terminaban de desarrollarse o relacionarse. Aun así, puedo entender que todo este universo tiene un peso simbólico enorme: la colmena podría ser un reflejo de esa España de posguerra, rígida y obediente, donde cada persona como la abeja cumple su rol sin cuestionarlo, viviendo bajo un orden autoritario que aplasta lo íntimo. La familia misma podría funcionar como una colmena fracturada, habitada por presencias distantes que no se comunican del todo. Y en medio de ese mundo que parece moverse en piloto automático, donde la vida es colectiva, mecánica y llena de silencios impuestos y de pérdidas descomunales que desvanecen la nostalgia de un pasado cercano, Ana observa como una niña que intenta comprenderlo todo sin que nadie le explique nada a profundidad, aferrándose a la imaginación como único refugio para escapar de esa realidad gris, hermosa por fuera, pero rota por dentro, donde somos testigos de lo que aconteció hasta el final. Pero es solo mi interpretación. Por otra parte, la poca música que hay es hermosísima, el tema que se repite constantemente es precioso. La fotografía es un poema de luz tibia y espacios vacíos, muy rural y rudimentario. Las actuaciones —especialmente la de Ana Torrent— son increíbles para una niña tan pequeña; esa mirada inmensa carga una profundidad que ni siquiera muchos adultos podrían transmitir. Hay lineas que pueden hacerte pensar, imágenes poéticas que activan cierta nostalgia o recuerdos enterrados, pero aun así, no logré entrar del todo al flujo de la película. Creo que también venía con expectativas muy altas, porque siempre la mencionan como una obra enorme del cine español, una película “que te cambia” y ese choque entre lo que esperaba sentir y lo que realmente sentí se hizo aún más evidente; pero puedo entender más o menos por qué es considerada una obra maestra. La segunda mitad me pareció más interesante, eso sí, y hubo un momento donde pensé: por favor, que no le pase nada. Pero incluso así, me encontraba deseando que la película llegara a su fin. Quizá no estaba en el mood para una película tan contemplativa y con poco diálogo. Definitivamente, el espíritu de la colmena es una película contemplativa algo lenta, pero bella en lo que busca retratar o transmitir; una obra que se siente como una reminiscencia de la infancia, de la inocencia y de esa pureza que tanto queremos volver a sentir en un mundo más allá de lo real. Su simbolismo —tan ligado a la posguerra, a los silencios y al mundo interno del niño— es realmente interesante, su luz dorada es preciosa y su música que no es mucha es encantadora y algo mágica. Y a pesar de no conectar casi, agradezco haberla visto: es una de esas películas que, aunque no sean para uno, quedan ahí rondando en la cabeza por alguna razón. Y quién sabe, quizá en otro punto de mi vida la vea diferente y la disfrute más con algo de paciencia. Que seguro que sí.
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Boring. I’m sure watching while sick didn't do this thing any favors, but it was a slog to get through. Many impressive visuals though. The last shot? GORGEOUS.
The Spirit of the Beehive
El desolador retrato de la niñez postguerra, donde la reconstrucción de la memoria histórica de un pueblo recóndito se convierte en el escenario fantástico de dos niñas que buscan encontrar el espíritu de aquel Frankenstein que las deslumbro en las salas de cine. La hipnótica cinematografía y narrativa de Errice hace que el espectador fluya con su película como la imaginación de estas dos jóvenes que en medio de su inocencia conviven con las secuelas de un pueblo herido y desesperanzador.
The Spirit of the Beehive
Por fin
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